Tráfico del desamor

Aprendí el código de la circulación del amor entre humanos sin lazos de sangre. Lo mejor, las señales.

Siempre comienza el camino tras un Stop. Necesario. Tampoco nos detengamos demasiado. Lo justo para mirar alrededor y salir del “punto muerto” poniendo primera.

Hay limitaciones de velocidad clarísimas: no quieras acabar pronto o te espera accidente seguro.
Las hay de dirección prohibida hacia todo lo que te devuelva atrás, tampoco faltan rotondas y más rotondas dando vueltas a lo mismo.

Un ceda el paso a aquello que pueda alejarte fácilmente de tu dolor es tentador saltárselo. Pero seguramente no has visto al policía que llevas dentro. Las multas son caras y el riesgo, mucho.

Las mejores, las de sentido obligatorio. Y he aprendido que nada como seguirlas para acabar en Tu Destino. Un lugar limpio, tuyo. Mejor, sin duda, si de lo que te desprendes no te aporta demasiado. Sí, te resultará luego todo tan extraño que no sabrás reconocerte en ese pasado.

La señal clave, la que más te va a orientar, es un cambio de sentido. Media vuelta. Hacia uno mismo. Es tan manido, pero no por ello menos cierto…

Saltarse los semáforos en rojo y recaer en el apego, obviar las de dirección prohibida y convertirse en un borrón de uno mismo actuando presa de las pasiones, es un sinsentido que inequívocamente lleva a perderte y dar muchas más vueltas antes de encontrar la salida.

Pero, claro, a muchos conductores nos vuelven a examinar ahora… y suspendemos.
Repasa el código. Lo llevas dentro.

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