Escribo esto mientras observo a una muchacha sostener un fresón frente a una pared y se afana en emplear la otra mano en manejar como puede su móvil. Una mano, una fresa, una pared, cien likes. Sí, estamos locos. Pero es lo que toca. O estás off. De tu trabajo, de tus amigos, de tu vida.

Me resisto a hacer el gilipollas, pero me descubro queriendo contarle al mundo que lo paso bien, y nada mejor que etiquetar a mi compañía en el ritual del selfie. Ese que ya ha provocado muertes y al que dedicamos una media de varias horas al día en el mundo. Ese retrato de nosotros mismos que rara vez se nos parece de verdad.

Maldito Instagram que envías mensajes a los amantes, pero también a los amores no correspondidos. Maldito Instagram con geolocalización que dice a todos cuándo estás dónde. Sí, ya, porque queremos, pero cuando firmamos el contrato de regalar nuestra vida a golpe de botón no tenemos ni idea del uso que los demás pueden hacer de eso.

Me gustas, pero estás maldito. Sí. Maldito Instagram, destrozaste la vida de Mario. Se enteró de que su mujer estaba con otro. Maldito Instagram que adelgazaste a Laura hasta matarla. Porque, claro, nuestro estándar de belleza ahora está en una imagen falsa que parece de verdad. De esa verdad que deseamos pero no existe. Porque la ética no está en que no se vea pezón (¿Quién se ganará la vida censurando?). Está en las consecuencias de cambiar el subconsciente colectivo hasta la superficie más falsamente colorida, con filtro Clarendon, que el Valencia está muy visto.

Por eso yo lo uso. Porque me revuelvo y busco imágenes de la vida cotidiana que no nos hagan adelgazar, sino engordar el alma. Hacer gimnasia con las neuronas sobrantes después de buscarnos la vida, saber de qué va todo esto, sobrevivir mentalmente a la falta de ideales, y tantas otras chaladuras de este comunicador que descubrió internet en los 90, cuando era cosa de locos.

Maldito Instagram. Por cierto, voy a pensar qué foto voy a publicar mañana.