Hace unos días, una de las personas que tengo por muy inteligentes, mi amigo Pablo Amor, tuvo la amabilidad de ver en mí alguien a quién invitar a formar parte de un proyecto original y diferente que ya está uniendo a 52 personas para escribir 52 textos, uno por semana durante 2017.

Y es que el gran Ray Bradbury (Crónicas Marcianas, Fahrenheit 451, entre otras obras maestras) dijo que si todos escribiéramos algo todas las 52 semanas de un año, era probable que saliera algo bueno de todo eso. O algo así. Así nació Los 52 Golpes. Algo que va a aglutinar miles de textos que de otro modo, no existirían.

Pues me puse manos a la obra.

Con el reto de llegar a la primera semana del año describí mi viaje iniciático a mi propia ciudad en Navidad. En la segunda me he propuesto que el reto debía ser más complicado: abordar una temática controvertida como un (¿imaginario?) encuentro sexual, pero calculando cada palabra, siendo claro… pero evitando el mal gusto. Eso nunca.

A ver cómo me quedó. Me encantaría recibir tus opiniones. Ya me contarás qué te parece:

Ella cruzó el umbral de la puerta en lo que duró el primer suspiro. Sin preguntar. A bocajarro. Solamente susurró “ahora” mientras exhalaba al contacto de sus cuatro labios, que se deshicieron en uno como cera caliente. Él no esperaba tanto. No le dio tiempo a prepararse para la avalancha. Pero la naturaleza, sabía, le preparó de repente, sin postergar, abultando su pantalón. Ella lo notó, y sonrió para sí. Le siguió besando, dejando que sus manos blancas acariciasen la cara, el cuello y el cabello del hombre con el que tantas mañanas, tardes y noches había fantaseado, boca abajo, junto a su almohada.

Era un encuentro furtivo, real, un choque de trenes en ebullición, la fusión de dos elementos peligrosamente reactivos para transformarse en algo que no imaginaban o temían. Aunque quizá debieran. Pero no había tiempo ni espacio entre ellos para dejar que el fugaz pensamiento de si aquello estaba bien enturbiase su fuego. Ardían juntos, y solo importaba eso. Él contestó al ataque de su invitada acariciando su cuello, descubierto al ladear ella la cara. Y es que buscaban el encaje perfecto de las bocas, que ahora daban rienda suelta a sus lenguas, que tenían inmensas ganas de jugar.

Las manos de ambos pronto estaban recorriendo a gran velocidad las autopistas del deseo. Él se descubrió moldeando la suave curva de uno de sus senos, que se agitaba impaciente, abriéndose a la experiencia. De par en par, como la camisa de ella, que de pronto apareció en el suelo. No sabrán nunca cómo, pero en un instante que pudo durar minutos o décimas de segundo estaban en el sofá forcejeando, luchando como perros de presa en celo, batiendo las alas de la excitación más profunda y buscando la libertad de sus cuerpos desde la desnudez.

El inicio del acto en sí fue intenso, certero, como la estocada de un maestro a un Miura que cayó rendido a los pies del placer más recóndito y secreto. Cada embestida, cada ola de un mar agitado, cada vaivén de ambos creaba llamaradas en sus entrañas, abiertas a la experiencia. Como si fuera la última. Como si no hubiera más. Pero había. El ritmo fue creciendo. Frenéticos, se buscaban afanosamente dejando espacio solamente para el deseo más intenso, para sentirse juntos, para agarrar cada centímetro de piel con sus dedos, su boca y ella, hasta con sus uñas. Él dejo que sus brazos asieran con fuerza el cuerpo prohibido de la mujer que deseaba y que nunca se atrevió a conquistar.

La Miura se rindió. Ahora estaba entregada, abierta de par en par a la vida, ofreciendo todo su ansia en gotas de placer intenso y suave a la vez, mientras atrapaba con sus manos los glúteos de su amante. Sin dejarle escapar. Ya no invitaba, sino que forzaba sin descanso al varón a llegar al final de la ruta que comenzó con la estocada. “No pares” suplicó, en un último hálito de aire entre gemidos. Obedeciendo la orden, el hombre ya perdió de vista la razón. Entró en un estado de posesión brutal, en algo parecido a un trance que agitó sus caderas en un movimiento de aleteo salvaje. Ya no era él. Era puro placer. Puro sentir. Solo existían los ojos claros y brillantes de ella clavados en los suyos cuando notó que se aproximaba el momento. Ese momento.

Decidió gestionar con habilidad el movimiento, y en un acto de cortesía que duró más de lo que pueden recordar, cumplió lo que las normas de educación dictan como “las mujeres, primero”. Y lo consiguió una, dos y hasta tres veces. Notó en todas y cada una de esas ocasiones como el bendito rincón que da la vida se contrajo para agarrar el placer sin que se escapase ni una gota. Después, su propio cuerpo le llamó la atención. Ya estaba bien. Algo se llevaba preparando desde hacía demasiado en sus adentros. Algo que se había vertido ya en largas noches pensando en ella sobre sus sábanas, en tardes de recordarla viendo sus fotografías, su mirada, la de los ojos que ahora se posaban en él.

Comenzó a notar que ese volcán, su volcán, entraba en una erupción exuberante y cálida como lava ardiente cuando se infiltraron, sin esperarlos, los aplausos de decenas, centenares de personas. Vítores y ovaciones que bien podrían ser para felicitar a los amantes por el cortejo celebrado. Pero no. Ella, la guapísima artista, agradecía las muestras de cariño de su público con una reverencia desde un escenario muy real que había desaparecido por unos maravillosos instantes en la mente del hombre que ocupaba el asiento 11 de la fila 13 durante una vívida ensoñación única.

Sí. Se lo había imaginado. O quizá no.