No voy a hablar de IKEA. Ni de ABBA. Aunque no puedes dejar de pensar en ese espíritu práctico que usa la madera de sus frondosos bosques nórdicos de forma inteligente, mientras tarareas “Waterloo” o cualquier tema de ese grupo de cuatro muchachos que hicieron las mejores melodías que recuerdo de los 70.
Estocolmo es una ciudad volcada al mar. Agua sólida en el eterno y oscuro invierno que refleja el sol con destellos de ilusión en los largos días de luz en verano. Una ciudad penetrada por el azul en el mapa, incrustada en una tierra rota por un báltico que convierte el país en islas unidas en invierno por el hielo.
Todo comienza en una de ellas, en Gamla Stan. Y allí sigue, conservada para el visitante. Pero eso no necesita mucho más por mi parte. Yo miro a la capital de suecia desde otra visión.
Mi papel de yerno, marido y padre (sí) de suecos nacidos en España me coloca en un mirador curioso, que mezcla admiración con la diminuta decepción de constatar que, afortunadamente, tampoco son perfectos.
Ese observatorio nació en una baranda con flores que da al … ¿mar?. Parte desde un lioso Scalextric de calles cercanas a una estación y acaba en un edificio que, para mí, resume de forma perfecta la imperfección hecha praxis: Stadshuset. El Ayuntamiento de la ciudad.

La sala de inspiración mediterránea que acoge la cena de gala del mayor reconocimiento mundial (Premios Nobel) se llama “azul” sin serlo. Iba a tener ese color hasta que el ladrillo visto se impuso. Eso que se ahorran, y encima con ventajas. En otro país que me sé la habrían terminado para después poder cobrar por quitar la mano de pintura. Los escalones que Manolo y Benito hubieran hecho “a ojo” estaban diseñados a gusto de la esposa del arquitecto, que se ofreció para probarlos con un vestido largo. El punto de imperfección lo aporta el hecho de que casi no se cabe, llegado el magno evento.
La verdadera quitaesencia sueca, vista desde los ojos este barcelonés que vive en Madrid, se sienta en otro lugar del mismo edificio. Sí, se sienta. Es la “reina del lago Mälaren”. Es una imponente figura representada en el salón de oro tomando el trono que ocupa una enorme pared, y uniendo dos mundos: oriente y occidente. En la sala en la que tiene lugar el baile de los más grandes Premios del Universo conocido acoge en un lado, elefantes. En el otro, la torre Eiffel. Una obra que llama a la Historia desde el futuro.

Diez millones de pequeñas piezas de pan de oro que Alex acariciaba, admirado, cubren las paredes que contienen la Diosa de una patria que mira con ojos gigantes para verlo todo, se asienta en la realidad en tierra firme sobre dos pies enormes y sus manos, que no lo son menos, presumen de toda determinación para actuar. Esa es la explicación de sus (des)proporciones.
Perfecto, ¿no? Lo sería. Pero justo enfrente una pared contiene una bonita colección de dibujos con figuras creadas con la cabeza cortada justo a la altura de la balconada. No calcularon bien la altura. Pero no disimulan. Buscan una buena excusa del tipo “así ponemos al personaje que queramos” y ahí se quedan, para el resto de los tiempos. Sin el odioso orgullo de quién la caga y encima se defiende. No es hidalguía, sino sentido práctico.

Con grandes pies, ojos y manos la ciudad es implacable, puntual y recoge en prosa los sueños de músicos y cineastas. Nos despedimos tras un paseo y un bocadillo en la estación mientras cambiamos a Alex y esperamos el coche, que no vendrá según la recepción del hotel hasta pasados veinte largos minutos. Vamos justos, claro. Pero aquí la Liljeström se puso al volante mientras yo me desesperaba con el GPS. Es la mejor combinación en caso de emergencia.
El ferry no esperaba, tenía que salir puntual. Era lo mejor para todos.










Se nos vá el año y no llegamos a la tierra de papa noel, Tranquilo que entiendo que no hay tiempo y existen otras prioridades, un saludo y Feliz Navidad.
Toda la razón. Y mira que me lo plantee todos los días. Pero han sido las Navidades más complicadas de mi vida… Gracias por tu interés.