• Cervecerías y barcos centenarios en la noche danesa.Ciudad melancólica y vikinga, puerto de tierra robado al mar, Copenhague se me antoja llovida, gris, pero con el colorido de sus barcos casi milenarios.

    El danés se defiende de lo desconocido y crea estructuras militares como Kastellet pero a la vez se queda inmóvil observando ese mismo horizonte que traerá el amor con las suaves curvas de una dama centenaria: su sirenita. Dualidad. Muy propio de una ciudad cuyo símbolo mas preciado es admirado mundialmente y agredido constantemente. Una prueba casi viviente de que nada es totalmente gratis en la vida. Wikipedia:

    Hotel Almiral Copenhague

    La leyenda danesa cuenta que los cantos de las sirenas embrujaban a los hombres del mar. En su capital Copenhague, un humilde pescador fue sucumbido por los cantos de una joven sirena mientras faenaba, entonces la Sirenita renunció a su inmortalidad a cambio de poseer el aspecto de una mujer. De esta forma, conseguiría mantener el amor de su príncipe.

    O sea, y si lo he entendido bien, las elecciones que hacemos traen consecuencias. ¿Qué más? Ah, sí, que nada importa si existe el amor. Científicamente demostrado: todo aquel que sepa que deja este mundo y tiene oportunidad, manifiesta amor. No llama al banco. En resumen: Copenhague me hace pensar.

    A punto de salir. A medianoche.Llegamos a la que pensábamos que era la hora de cenar, orientados inconscientemente por el gris de un atardecer que en realidad marcaba más de las diez en el reloj. En coche, sí, pero ya estábamos cerca del círculo polar y los anocheceres se estrechaban. Alex se portó bien y nuestro navegador también. Tiempo justo de aparcar (pequeña odisea con el parquímetro) dejar las maletas en el hotel Almiral de marcado sabor náutico y salir a pasear por la zona. Solamente una pareja de españoles con crío tiene la ocurrencia de pasear por una ciudad nórdica un lunes a medianoche. Todo cerrado.

    Pero quedará para nosotros el sabor de las calles cargadas de historia escuchando las campanadas de la medianoche, imaginando carruajes de la época de Hans Christian Andersen recorrer el adoquinado bajo cero de una ciudad fría y cálida, dual.

    Poco más. Fue una etapa breve, marcada al día siguiente por una tromba de agua que nos alejó de la sirenita. Cuestión de elecciones: si queríamos llegar a Estocolmo a una hora medio decente, mejor salir cuanto antes. Y el hambre apretaba de buena mañana, así que el poco tiempo que teníamos fue para degustar una buena ración de quesos daneses (indispensable y caro) y hacer el check-out.

    Una calle de Copenhague de noche.No tengo fotos junto a ese símbolo admirado y decapitado dos veces (curiosamente la cabeza original tampoco se correspondía con el cuerpo) pero sí pensamientos que cambiaron mi vida y que no puedo contar. Copenhague está ahí para demostrar que nada es de un solo color, y que nuestra vida se construye cada día a base de elecciones personales. A mí aun me quedan escamas en las piernas.

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  • 4 Comentarios

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    1. Edu
      23 octubre

      Cada relato es más corto y va perdiendo interés… ponle más ganas hombre… Un saludo.

    2. Edu
      05 noviembre

      Para cuando el próximo???

    3. 06 noviembre

      Siento el retraso…

    4. 06 noviembre

      Toda la razón, aunque no es por eso. Hay lugares en los que puedo contar más… y otros … menos.

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