• París – Amsterdam es un camino fácil, lleno de campos verdes y parques eólicos. Cuando ves que eres capaz de cruzar dos fronteras en pocas horas te das cuenta de que España no es pequeña. ¡Cuánto nos enseña viajar!. Sobre todo nos ayuda a darnos la dimensión adecuada en el mundo.

    El norte de Francia vive tranquilo, en un pacto con el tiempo para que transcurra al ritmo correcto, sin prisas y sin pausas. Justo así es nuestro paso por Lille, una gran desconocida que dejo en la intriga de quién lo lee.

    Era Alex el que nos marcaba las paradas con su llanto. A sus 9 meses de edad, cada tres horas manifestaba su desacuerdo con la situación a la que se veía sometido. Encajado en una silla, vale… sin más distracción que unos cuantos juguetes, vale… pero encima con hambre… ya no. A través del espejo curvo que colocamos para poder verle desde los asientos delanteros podíamos comprobar cuándo era el momento de parar para darle de comer, hacerlo también nosotros, y de paso alimentar a nuestro pequeño gran Volvo.

    Nos toca entonces detenernos en un lugar indeterminado de Bélgica. Ay, las estaciones de servicio, ese pequeño Universo. Son los lugares en los que se encuentran unidos por la carretera ricachones horteras, comerciantes apresurados, emigrantes cargados hasta los topes, turistas despistados, delincuentes que no lo parecen, fiesteros escandalosos… cualquier tribu que use la carretera durante varias horas. Nos sabemos todos cómplices o enemigos en el camino, y humildes esclavos del tráfico y el clima. En esta belga nos maravilla una hermosa puesta de sol, y lo limpios que están los lavabos (de pago, por supuesto).

    Tom (nuestro GPS) nos dice que si queremos dormir algo en el hotel de Amsterdam reservado por internet, más vale que no nos entretengamos demasiado. Mangerazo, foto al atardecer, presión de las ruedas y vale. Botón start.

    Llegamos a la ciudad un sábado noche en pleno apogeo, a eso de la una. Sin comprender por qué, nos asaltan jóvenes en bicicleta, colocándose delante a medida que avanzamos. Sus caras de reproche hacen que me asegure una y otra vez de que voy en el carril correcto, y que no hay ninguna señal que esté contradiciendo. No era eso. Su reprimenda no verbal es simplemente por ser conductor. Se cruzan deliberadamente a sabiendas de mi marcha, y me miran fijamente cuando tras esperar varios minutos para poder pasar, finalmente decido hacerlo despacio, con respeto, como me gusta a mí circular.

    Sí. La ciudad de las flores y las bicicletas tiene ese lado descortés también. Todo aquel que no acate las normas tácitas de convivencia que no vienen en el código de la circulación, debe ser reprendido. Pues vale. A ver cómo llevamos en bicicleta doce bultos, al niño y a su carrito. Y dejando el vehículo a motor en un Parking a razón de más de cinco euros la hora. Es claramente un castigo.

    Tom nos manda al hotel que no es, y tras varias llamadas al nuestro, llegamos bien entrada la madrugada.

    - “¿Ustedes son los del coche grande con matrícula española que ha pasado varias veces por la puerta?”

    No. No hubo coffe shop ni barrio rojo, al menos esta vez. Ir con bebé y de noche a estos sitios como que no. Tuvimos claro que se trataba de dejar un día al peque con canguro y pegarnos un low-cost a pasar el día. Pero eso será en el futuro. Ahora, a descansar.

    Las mañanas de domingo en Amsterdam tienen el típico sabor a Sunday Morning al que cantaron Maroon 5. Como de resaca, pero sin restos de botellón. Como una fiesta que luego alguien ha recogido y limpiado completamente. Una “mañana siguiente” sin ese desagradable olor de cerveza pisada, a pesar de ser bebida oficial. Nos enteramos de por qué lo es en uno de los barquitos que recorren los canales. Según nos cuenta un lugareño, en el siglo XIX está el agua del río Amstel tan sucia que nadie puede siquiera tomar agua, café o té sin encontrarse restos de cualquier cosa imaginable. Así que deciden fermentarla y convertirla en cerveza, que se refrescará en el mismo río una vez preparada. Así surgen la propia Amstel o Heineken, con su museo en la ciudad. Interesante. Soy fan.

    La casa de Ana Frank desde el canal, un paseo con comida en la terraza del Hard Rock Café, un intento de tirarse por la escotilla del pequeño y cuarenta fotos después, llegamos de nuevo al hotel. Listos para la marcha. Siguiente parada: Copenhague. Una desconocida ciudad difícil de escribir. Veremos qué nos depara. Ahora pagamos una fortuna en parking (más que de hotel), ponemos D en la palanca y evitamos pacientemente a los ciclistas, dejando atrás la tierra de ING, de las flores y de la cerveza más rica del mundo. Volveremos.

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  • 1 Comentario

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    1. Eduledu
      11 septiembre

      Increible como nos cuentas vuestro viaje, me encanta, pero no estaría de más ver más fotos… Un saludo y esperando con ansias el proximo capitulo.

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