• Que los niños vienen de París está claro. Y es porque allí no los quieren. Seré concreto: trata de cambiar a tu bebé en galerías Lafayette o en la torre Montparnasse.

    El día después de nuestras compras andorranas comienza cruzando la frontera a Francia descubrimos dos cosas: que nadie nos revisa el vehículo y que en cien metros de distancia el clima puede cambiar tanto como para pasar de un sol veraniego espléndido a una niebla imposible. Nuestras botellas van a salvo, pero nosotros no tanto sin ver más allá de diez metros.

    Tras una parada técnica de una noche en las termas de Vichy para dormir, recibir unos masajes (recomendado el de cuatro manos) y de paso tirar de piscina cubierta y comida ligera, nos ponemos rumbo a París. Es que Francia en un día… como que no. Mírate el mapa y entiéndenos.

    De noche, como siempre, llegamos al estupendo Hotel des Academies et des Artes. Precioso. Curiosa forma de encajar el ser humano en un entorno artístico a través de las siluetas que nos rodeaban. Pero lo de encajar también vale para los humanos de carne y hueso: no cabe ni el carro ni la maleta en la habitación. Muy parisino. Agravante: llegando de madrugada a ver quién te cocina. Compro unos bocadillos calientes en el típico semibistro árabe de la esquina y malcenamos mientras conseguimos en la web los billetes para el barco que nos ha de llevar hasta Helsinki desde Estocolmo, unos cuantos miles de kilómetros más adelante. Eso ya nos marca un reto: llegar en tres días a Estocolmo o perder una pasta. Con esa sensación de tener un objetivo nos dormimos los tres, en esa pequeña habitación parisina llena de siluetas humanas realizando acrobacias.

    Al día siguiente el plan pide turismo por la mañana y acabar el día en Amsterdam. De cabeza a Montparnasse. Primero fotos y vista desde la torre. Mejor que la Eiffel, más que nada porque se ve a la segunda desde la primera. Imponente, la ciudad sin fin se abre abajo, en una alfombra de Historia y rincones únicos. No hay uniformidad. París entero es arte y amor. Fotos de lujo, mapa interactivo manejado por Alex, más fotos con París de fondo, café y bollos en el bar… y justo entonces notamos que el pequeño nos acaba de dejar un regalito cariñoso en el fondo de su pañal.

    Primera sorpresa: Un lugar turístico de primer orden en el mundo, una de las torres más altas de Europa, un mirador, un cine, un bar, una exposición fotográfica, su precio altísimo de entrada… pero no hay dónde cambiar al bebé. El funcionario consultado nos responde extrañado que como mucho en el diminuto espacio entre lavabos en el servicio de señoras. Debe ser que los padres con bebé no suben aquí. O que los bebés franceses no cagan. Será. En un arranque de prudencia, Eva sentencia: “le cambiamos abajo en Lafayette”. No había llegado lo peor.

    Armado y orgulloso con mi mochila portabebés, permito a Eva que evolucione libre el poco tiempo que nos queda por ese “corteinglés” a la francesa mientras yo me busco la vida para poder limpiar el regalito que el bueno de Alex nos da cada día.

    Miradas cómplices, curiosas, y hasta sorprendidas consiguen que me dé cuenta de una realidad en la que no había reparado. En toda la mañana, solamente pude ver dos o tres carros de bebé, y ningún padre con niño a cuestas. Será que aquí no es costumbre llevarlos de compras. Deben estorbar. Comienza mi periplo para conseguir un cambiador, segundo capítulo. Llego a los baños, y pregunto a la buena señora que cobra un euro a todo el que entra. Contesta “Nyapá” y se queda tan ancha. Le repito la pregunta por si mi francés de l’ecole no es suficiente. Que no, que no, que no hay ningún sitio para cambiar al niño los pañales en todos los grandes almacenes. Lo que ocurre después, traducido, es de película de Almodóvar:

    - Pues no querrá que le cambie aquí encima de su mesa.
    - Haga lo que quiera.
    - Pues hágase a un lado.

    No soy corto ni perezoso, y menos cuando creo que la justicia me ampara. Aquella señora tuvo un buen recital del contenido del pañal de mi pequeño en su propia mesa de trabajo. Por supuesto, dejé todo más limpio de cómo estaba antes de iniciar mi actuación. Y digo actuación porque solamente faltó que aplaudieran las personas que detuvieron su fiebre consumista para verme cumplir mi papel de padre.

    - Tenga, un euro
    - No, no, usted no ha pasado a los baños.

    Razón no le faltaba a la señora, que lejos de molestarse, pareció comprender mi situación. Es madre, seguramente.

    Eva regresó con sus bolsas y, desconocedora de mi aventura, preguntó al verme “¿Has encontrado cambiador?”. Mi cara lo dijo todo.

    Paseo à voiture por l’Etoile, Champs Elysées, Concorde, Vendôme… fotos y rumbo a Amsterdam. Con suerte llegaremos a tiempo de disfrutar del hotel que recomiendan en la web. 5 horas y media según el GPS, pasando por Amberes.

    Emprendamos la marcha. En esta ciudad no quieren a los bebés. Normal que vengan de París. Se van de esta preciosa ciudad… porque no hay cambiadores.

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  • 7 Comentarios

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    1. 04 septiembre

      Y menos mal que no tuvo que darle el pecho en alguna cafetería así de improviso porque el niño tenía hambre porque en más de una y más de dos está totalmente prohibido darle el pecho en público al bebé…

    2. 04 septiembre

      No te puedo creer. Y dicen que están adelantados… pues en eso no.

    3. Eduledu
      04 septiembre

      A estos franceses si los sacas de Euro Disney, fuera no hay NADA preparado para los bebés, y está es la capital de europa???

    4. Leticia
      06 septiembre

      Pues si es asi el tema con los bebes, no quiero pensar con los discapacitados.Pero no me extraña. Tengo una niña con parálisis cerebral, tiene 13 años, 1,40m, 40kg (por lo que te imaginarás que ya no le llevamos a la espalda) Hemos ido hasta Croacia con ella, por tierra, un tramo en Ferry. Y nunca, 23 dias de viaje y no me acuerdo cuantos miles de kilometros, un sitio habilitado, algunos cambiadores plegables de bebe, que no nos sirven. Siempre tiramos de nuestra furgoneta para cambiarla, incluso, colchoneta amiga para que pueda descansar. Pero como ya llevamos años de entrenamiento con nuestra “bebé” terminas haciendo lo que fuiste a hacer, disfrutar del viaje con ella, una buena dosis de antiinflamatorios `para la espalda sufridora de todo esto. y a seguir!!!!! Lo que recorrimos con ella y con mis padres no no los quita nadie! Una mención especial para Venecia, sitio inolvidable por lo bonito y por lo borde de los habitantes, (por lo menos la zona turistica) fue el unico sitio donde NADIE ni siquiera se ofrecio a hechar una mano para lidiar con las escaleras con la silla de ruedas, es mas, tampoco se quitaban del medio para facilitar el paso. No lo entendi y sigo sin entenderlo.
      Un saludo.
      Leticia.-

    5. 07 septiembre

      Hola Juanma, pues yo te aseguro que cuando vienen aquí, no se sorprenden si les despejas la tabla de planchar ,o les cedes una toalla en el caso probable de que no lleven un cambiador, unos lo agradecen y otros pues no
      se la vie, un abrazo desde Villalangua, os recordamos con cariño, un abrazo aEva.

    6. 11 septiembre

      ¡Igualmente, amigos! ¡Pronto volveremos por allí!

    7. 11 septiembre

      Mi historia al lado de la tuya se queda en una anécdota tontísima. Gracias por darle la dimensión adecuada. Y enhorabuena por lo mucho que habéis crecido con vuestra pequeña, que ya no lo es tanto.

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