En el mismo instante en el que el último tornillo instalado apresuradamente por Antonio, el responsable del concesionario quedó fijado en la matrícula del vehículo, sentí que el despegue era inmediato. El destino final estaba casi en el círculo polar, y aquella tarde calurosa de verano del centro de Madrid vería iniciarse una aventura que no sabíamos qué nos depararía. Me daba vértigo pensar lo lejos que estaría de casa, y en las cosas que podrían ocurrir a dos novatos con la L pegada atrás y con un bebé insertado en su silla oficial Volvo.
Nos esperaba la familia de Eva en Tvärmine, Finlandia, como todos los años, pero esta vez todos sabían que el viaje iba a ser diferente. La muerte de la tía Anki, el nacimiento de Alex y el hecho de ir en coche los tres harían que esta vez fuera distinto. Unos cuantos vistazos a google maps me habían dado una idea aproximada de las paradas que haríamos, pero en realidad no sabíamos nada sobre cómo llegaríamos al destino. Nada. Mejor.
Había subido muchas veces a ese modelo de coche, sintiéndolo enorme, cómodo, suave pero robusto… y ahora llegaba el momento de la verdad. El botón que siempre desee oprimir estaba bajo la yema de mi índice. START. Rugió el caballo. Las puertas del establecimiento se abrían lentamente. Alargué el brazo izquierdo buscando el botón del freno de estacionamiento sin soltar el pedal. Se apagó el piloto en el tablero de mandos. Llegó el momento de poner este tanque en marcha. Palanca en D. Solamente hizo falta levantar el pie unos centímetros para que aquel canto a la perfección comenzara a rodar despacio, suavemente, con la elegancia de una dama que se incorpora al baile. “Dios, es enorme” pensé, tomando distancias con la puerta del lado opuesto al conductor. Claro, comparado con los pequeños coches que habíamos alquilado hasta la fecha, aquello era una mole. Nada, con un poco de costumbre uno toma las medidas rápido, sobre todo si va despacio.
Apretón de manos, me desean suerte, y pulso el acelerador suavemente hasta que aquella alfombra de Aladino se desliza por el asfalto ardiente de Madrid. Curva. Ni la noto. A casa. Veremos qué tal el parking… Falsa alarma. Entra perfecto.
Nerviosos por la hora, se inicia la fase tetris. Eva es la responsable de los encajes de equipajes en maleteros, y se prolonga la operación más de lo esperado. La lista:
• Una maleta grande llena de ropa y enseres
• Una nevera de camping cargada de potitos y preparados
• Una hamaca de bebé plegada
• Una cuna desmontable
• La Thermomix
• Una mochila llena de aparatos: ordenador, alimentadores, auriculares, estudio portátil (por si hay que grabar cosas del trabajo) Ipad, radio y altavoces
• Una caja – botiquín de medicamentos
• Una bolsa de biberones
• Una bolsa de juguetes y otros enseres
• Una bolsa de pañales, toallitas, y otras necesidades infantiles
• Un carro Bugaboo completo, con su cesta
• Una sillita plegable
• Una maletita de ropa de bebé
• Botellas de agua, bolsas de snacks, chicles, mapas, gafas de sol, documentación… etc.
No es una furgoneta, pero todo encajó en hora y media de cambios, tras comprobar que la única forma de poder ver a través de la malla de seguridad por el espejo retrovisor era quitando las ruedas al carro del bebé.
A las siete de la tarde iniciamos la marcha nerviosos, entusiasmados, agotados, sedientos de experiencias, intranquilos por la hora, y felices de iniciar por fin una aventura que nos llevaría hasta el círculo polar por rincones desconocidos para nosotros.
La noche cayó rápido. O no tanto, pero se nos antojó inmediata. No nos dimos cuenta del paso del tiempo viviendo nuestra experiencia y nos sorprendió el letrero de Zaragoza con el Pilar al fondo cuando aún creíamos estar saliendo de Madrid.
Primera parada: Barcelona. Casa de mi familia. Hora de llegada: 4 de la madrugada. Sí. Nos esperaban. Durmiendo, pero esperaban. Mi sensación de cansancio era inconsciente. Hubiera seguido pero mi propio coche empezaba a indicarme que era el momento de descansar. No llegó a aparecer en el tablero la taza humeante que indica que estás agarrando el volante sin saber lo que tienes entre manos y que los carriles están de adorno, pero con dos estrellas de cinco posibles el mensaje es claro. A dormir.
Mis primos Alicia y Juanjo nos recibieron con los brazos abiertos y los ojos no tanto. Era el momento de acostarse y pensar en la siguiente etapa hasta que Morfeo nos venciera. Continuará.











¡¡¡Quiero más!!!
La Thermomix??? jajja…. si es que, es una más de la familia…:-)
Me ha encantado lo de la taza de café. He percibido hasta el olor! Continuará, espero que pronto! Muy emocionante!
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